Ocho Pies en Holanda y Bélgica: 6. Biblioteca de Amsterdam, paseo en bici y Vondelpark

La gran biblioteca de Amsterdam y el Vondelpark como ejes para pasar un día en Amsterdam.

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Amsterdam es una ciudad torcida, una ciudad diseñada. Desde el principio, con un objetivo. No es la mejor ciudad para perderse un día con dos niños/as de tres años. Pero bueno, claro que hay opciones que se pueden intentar.

El primer movimiento lo hicimos de un golpe: aparcar en el Parking Garaje Centrum Oosterdok (unas 10 horas fueron 20 euros). Leyendo algunos comentarios de usuarios lo situaban en un nivel económico decente, el máximo por todo el día es 30 euros. Además, está ubicado entre la OBA (Biblioteca Pública) y el museo NEMO (le debemos otra visita a Holanda y Nemo estará presente), por lo que si vas en familia puede ser una buena ubicación de partida.

Así que una vez aparcados, el ascensor abre sus puertas y 10 metros a la derecha está la entrada a la biblioteca. Y a unos 100 metros, la tienda donde alquilaríamos las bicis. La cosa era facilitar la logística y desplazamientos que ya estábamos en los últimos días del viaje y lo íbamos notando.

OBA (Biblioteca Pública de Amsterdam)

El edificio, inaugurado en 2007, está en el denominado Cultur Plein. A la vera del afamado Conservatorio de la ciudad. La OBA tiene diez plantas y una de ellas, la -1, está dedicada a los niños/as. La denominaron Junior. Con una distribución que invita a perderse entre libros y rincones preparados para el disfrute de los más pequeños/as, la biblioteca de Amsterdam debe ser un paso obligado para las familias que quieran disfrutar de un rato en un espacio luminoso, lleno de literatura e imaginación, cuyo acceso es gratuito y que además tiene un extenso programa de actividades, especialmente en verano.

  • Para encontrar libros en inglés, español, alemán o cualquier otro idioma que no sea el Neerlandés, hay que solicitarlo a las personas que trabajan en la biblioteca. Los sacará perdidos de una estantería. Justo en español no encontró nada. Hemos desarrollado un exquisito gusto para interpretar y traducir/inventar instantáneamente libros en neerlandés.
  • Por poner un pero: estaría bien (y esto pasa en otras bibliotecas también cercanas) que la persona que da la información en la entrada no fuera personal de seguridad, con su porra y todo. Por decoro, aunque sea.
  • El espacio es espectacular. Se puede disfrutar de todos los rincones, casa de ratones, espiral con azotea, grandes sillones, espacios para lectura y juego.
  • Sorprende la poca presencia de materiales alternativos a los libros que sí suele haber en otras bibliotecas, como puzzles de madera y otros materiales didácticos.
  • En la planta siete hay una cafetería/restaurante/mesas para comer lo que llevábamos de casa con vistas a la ciudad que merece mucho la pena no dejar de ver.
  • Disfruten de una de las mayores bibliotecas de Europa, nada menos.

Paseo en bici hasta Vondelpark

Entre las opciones posibles escogimos tomar una bici-tandem cerca de la estación central e ir hasta Vondelpark y pasear por el parque. Quizás hubiese sido mejor alquilar por horas cerca del propio parque (hay varias compañías disponibles en las inmediaciones) y llegar a él en tranvía. Pero no fue lo que hicimos.

Así que allá fuimos con los niños partidos de la risa y flipando con todo lo que iban viendo de frente. Entre una cosa y otra llegamos al Museo Plein, el jardín que está en medio de la zona museística más importante de la ciudad, justo al lado del Museo de Van Gogh. Nos quedamos con las ganas pero seguimos hacia Vondelpark que se acercaba peligrosamente la hora de la comida y no lo teníamos muy claro.

  • Cualquier rincón de este parque invita a jugar. Zonas verdes como estas en medio de la ciudad invitan a la reflexión de cuál es nuestro lugar.
  • El parque tiene algunos rincones especialmente interesante para los niños/as como el Von del Tuin, que tiene una pequeña biblioteca de libros libres y un parque con tremendo arenero rodeado de árboles.
  • Si vas desde Estación Central calcula un colchón importante de tiempo entre la salida y la llegada, porque hay un trecho. Especialmente, si tus hijos son aficionados a la siesta y pase lo que pase, aunque vayan en tandem, se van a querer dormir a la vuelta porque no la perdonan, aunque sean las seis de la tarde.

Y así fue, que a la vuelta, en esa hora en la que los niños desaparecen de la ciudad, cuando más bonita se pone, a las seis de la tarde, nos disponíamos a volver hacia el parking para iniciar la operación regreso. Y claro: cabezazos en el tándem y los niños que se quedaban dormidos en bicicleta. No era nada seguro. Así que “paramos en la primera cafetería que veamos” y ahí en la esquina apareció un bar que no parecía gran cosa; aparcamos las bicis y entramos al bar con dos mochilas, dos niños cogidos en brazos y dos mantas que los tapaban, que empezaba a refrescar. Y así nos sentamos en la única mesa libre, en el centro de aquel bar sin prestar atención a lo que nos rodeaba. Allí estábamos en un restaurante de gente local, con el personal vestido tirando hacia la etiqueta y nosotros con dos niños dormidos en brazos y en marcha desde las siete de la mañana. La carta, solo en holandés. Señalé un plato y apareció por allí una especie de solomillo a la pimienta que estaba espectacular y unas papas en un plato separado con un cuenquito con mayonesa. Nos las comimos con la mano que teníamos libre como si estuviéramos en el piscolabis del barrio. Y lo cierto es que nos supo, lo más cercano a una cena romántica que podíamos tener en circunstancias semejantes. Tuvimos la idea de acostar a los niños en el tándem y avanzar. Gran idea. Pero justo cuando íbamos a arrancar se despertaron y volvimos al restaurante para pedir otro impronunciable plato igual, pero ya dos señoras llegadas de 1960 habían ocupado la mesa.

El paseo final, todos con la barriga llena, fue al atardecer por el centro de la ciudad, recorriendo algunas de sus calles más populares, disfrutando del brillo de sus canales, de sus calles torcidas, de sus miradas perdidas, de sus olores intensos, de su turismo del que es difícil disfrutar. A una ciudad a la que los canales no la han ahogado, que no la ahogue el turismo, que sí, da vida, pero sí, también roba el alma.

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