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Ocho Pies en La Palma: ¿Por qué el mar tiene sal? (III)

De Garafía a Fuencaliente.

El 1 de enero de 2021 como si a modo de deseo quisiéramos escribir un prefacio de lo que queremos para el año sobre el que ya galopamos, decidimos recorrer el mundo entero, el mundo, al menos, que teníamos al alcance de la mano aquél día que empezó con una simple tostada en una casa prestada tras un «feliz año nuevo, cariño».

Ellos jugaban a construir sus primeras historias del día entrando y saliendo de las habitaciones laberínticas mientras preparábamos la excursión. Salíamos desde Garafía con la intención de estar lo más cerca del cielo que pudiéramos y por el camino nos encontramos con un grupo de chicos senegaleses que llegaron a La Palma hace cuatro meses. La ropa tendida, el tiempo pasando y los chicos sonriendo, agradecidos a la espera de saber qué es lo que buscan saboreando lo que tienen. Preguntamos por el camino más corto al Roque de los Muchachos y como no hay más que uno, por allí fuimos.

Las aparentes piedras que dan nombre al lugar tan solo invitan a pasar a su espalda y descubrirse ante un accidente geográfico descomunal que entierra sus raíces en las profundidades y se levanta bruscamente hacia la eternidad. Las nubes se mecen en su interior como la pócima de la eterna juventud.

Desde las alturas decidimos bajar al mar y pisar la tierra más joven de la isla y lo hicimos atravesando el Parque Natural de las Nieves no sin dejarnos impresionar por el ambiente científico y con rasgos de plató cinematográfico de ciencia ficción que deja la suerte de parque científico con el que mirar al cielo para saber lo pequeño que somos. No deja de sorprenderme, disculpen mi ignorancia científica, que busquemos soluciones en el espacio y no ofrezcamos oportunidades en la tierra.

De los 15 grados de la cumbre atravesamos los cuatro grados y el frescor de un Parque Natural que es un monumento y comparte isla con la Caldera de Taburiente. Es una brutalidad: El Parque Natural de las Nieves colinda en su parte occidental con el Parque Nacional de la Caldera de Taburiente. Y dentro de él se encuentran Los Tilos, Reserva de la Biosfera. En la isla hay más de 1.000 kilómetros de senderos señalizados. En la próxima visita a La Palma (estamos planeando algo colectivo) nos adentraremos en esos mundos. Y los mostraremos.

Nuestra ruta del cielo al mar seguía hacia Fuencaliente y allí llegamos. Recomendado reponer fuerzas en la Panadería-Pastelería Zulay, abierta desde 1938 o el Bar La Parada, que da nombre al momento. Nos asomamos al Volcán de San Antonio, que desde la cresta se deja caer hasta el fondo de su cráter. Este año se cumplen 50 años de la erupción del volcán Teneguía. La lava que expulsó se ha convertido en la tierra más joven que pisar en Canarias. Y en aquella tierra negra, al brillar de las salinas que dejan entrever la sangre blanca del agua de mar, con el sol cayéndose de frente, con El Hierro y La Gomera a la vista, uno de nuestros hijos me interrumpió ante tanto embelese para devolverme a la vida con una pregunta tan sencilla como compleja: «¿Por qué el mar tiene sal?». Lo miré con los ojos como platos, vi que su hermano también esperaba una respuesta, suspiré y vi venir a su madre y la respuesta se puso ante mi: «Mira, Mar, que es como se llama tu madre, trae unos plátanos verdes fritos. Y fíjate plátano es esdrújula», le dije. «Plátano tiene 7 letras», me dijo. Más tarde le diría que no sé porque el mar tiene sal, que juntos encontraríamos una respuesta.

A la vuelta cenamos en los Llanos de Aridane que tras pasear por algunos pueblos de tres Islas en época navideña, algo a lo que hemos de admitir que hemos encontrado un gusto que ruboriza pero disfrutamos, estaba impecable. Pasamos de noche por el barranco de las Angustias al que regresaremos al día siguiente no sin antes conocer la historia de Barbarroja, aquel personaje misterioso que dio forma a una fiesta y nombre a un parque infantil que se disfruta en Tijarafe.

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