Ocho Pies en A Coruña: sabor Atlántico (I)

Sea como fuere que dormimos próximos a la Praia do Matadoiro, tras atisbar la Enseada do Orzán desde la fuente de los surfistas, pertrechados con chaqueta y chubasqueros en la mochila porsi, partimos hacia el Museo Domus-Casa Do Home, que se presenta imponente a apenas 400 metros. Varias guaguas, entre ellas la 3, paran cerca o delante del propio museo.

El edificio que alberga y forma parte del propio museo fue ideado por Arata Isozaki y César Portela, y se muestra curvo, como si el viento hubiese tornado su estructura. Fue pionero en dedicarse a indagar y generar curiosidad sobre el propio ser humano. Dividido en tres plantas, tiene decenas de módulos interactivos donde los niños/as pueden investigar, indagar y jugar al tiempo que conocen curiosidades y obtienen información relevante sobre su propio cuerpo y existencia. Y no, no solo es un plan por si llueve, que puede ser, sino un must en una visita con niños a A Coruña.

Tiempo: 1.30h / Precio: 2 euros

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Andare lenti, pensare a piedi. Agarrándonos de esta frase que quedó esculpida en un libro que colgaba de una habitación de una casa compartida en Roma, Italia, salimos por la Rúa Ángel Rebollo, en un sube y baja, hasta que de repente la calle fue cruzada por otra de interesante nombre, la Camariñas. Algunas casas de arte, un coworking artístico y algo más nos hizo seguir la pista por unas aceras húmedas hasta que los chicos se pararon frente a un local lleno de seres mágicos. Allí tallaba la madera Pepe, que había creado un universo de criaturas que se acumulaban. Pepe fue vigilante de seguridad en una central térmica durante su vida laboral y desde que se jubiló trabaja en lo que siempre le gustó: tallando madera.

Con la pasión con la que juega un niño, nos muestra su arsenal de creaciones. Incluso ha inmortalizado a un caminante del Camino de Santiago. Uno de sus tesoros preciados es el abecedario de lenguaje de signos que guarda en una caja también esculpida por él. Incluso el cierre, nos dice, para que no pase inadvertido ante ojos despistados. Entramos al local pensando en el inmenso trabajo que hay en él y salimos del mismo sonriendo al haber paladeado la pasión ilusionada de un artista que para ganarse el sustento fue vigilante.

Si por lo que fueran dan con estos pasos, no pasen por alto el mural que se muestra en la travesía que desemboca en la Rúa Adelaida Muro, una suerte de collage de grafitti, poesía y arte a través de residuos de cerámica, tapas de botella o caracolas entre otros.

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Casi sin querer acabamos en el Campo de Leña, que al parecer antes era llamada Plaza de España y tras el cambio de nombre, las vecinas y vecinos mostraron su alegría a un reportero de La Voz de Galicia que gentilmente les preguntó. Mari Luz, aquella mañana, le dijo esto: «Cuando crezca el césped y los árboles echen hoja y flor esto va a ser una maravilla». Y seguro que lo fue. Como lo fue también presenciar como a cada minuto caían decenas de horas amarillas para conformar una alfombra en la que se podía leer en ese tono que precede al invierno y humedece la mirada la palabra otoño casi derritiéndose en el suelo y mezclándose con las pisadas. Si van con hambre, La Sartén o La Pulpeira de Melida se ofrecen como buenas opciones. En nuestro caso, bastó con un café en el Ginos que lo acompañan con una golosa magdalena que, ya que estamos de vacaciones, fue bienvenida casi con aplausos mientras caían unas gotas que lejos de hacer desagradable el paisaje, lo colocaba en su lugar natural.

Nos deslizamos, y puede ser literal o no, por la calle de San Agustín, para sigilosamente pasar tras la Praza de María Pita. La calle Alfonso IX se abría ante la Praza do Xeneral Azcárraga o Plaza de la Harina, nombre previo por la venta de este alimento que se daba en este lugar. Y nos detenemos aquí porque es uno de esos lugares que viajando con niños nos encontramos y como doble nombre tiene para las gentes de esta ciudad, doble la vemos: a priori, se trata de una romántica plaza, con un cantón superior, una escalinata y bellos bancos de piedra. La Fuente del Deseo, datada en el siglo XIX, se muestra en medio y la vegetación que la rodea, más en la época que la visitamos, hace de este lugar una página romántica de cualquier viaje, salvo si los niños corren despavoridos jugando, saltando y corriendo hacia ningún lugar y entonces, en ese preciso momento, el romanticismo se esfuma en una mirada de lo que pudo ser y, al menos, en esta ocasión no fue. Con suerte se promete una siguiente vez, que como es sabido, casi nunca llega. Con todo, el lugar es un gusto de paseo otoñal.

No es este un espacio en el que las recomendaciones gastronómicas sean muy de fiar, solemos tirar un poco de supervivencia, casualidades y oportunidades que se nos muestran casi de paso, así que dejamos aquí un par de lugares que hacían esquina con una zona peatonal amplia y divertida que, a fin de cuentas, nos importa bastante también: A boca do lobo y Momos, ambos juntos, puerta con puerta en la Calle San Francisco. Raciones del día bien servidas, Galicia Style, o menús del día a 9 euros que dan casi para dos personas, con sopita castellana, ensaladas variadas y bien servidas o pescado fresco con papas sancochadas.

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Cruzando la calle Tinajas, que une a San Francisco y San Carlos en el mapa, claro, se entra casi por accidente en el Jardín de San Carlos donde emerge con fuerza histórica la tumba de John Moore, tanto que le da nombre al paseo, pero que también es la puerta del Archivo Histórico del Reino de Galicia, que no da nombre ni al jardín (de un santo) ni al paseo (un militar inglés). El archivo histórico, ni es santo ni militar, quizá por eso a veces olvidado.

El caso es que uno se despista mirando a los balcones y chubasquero va y viene pero tras San Carlos, Santo Domingo, San Francisco apareció un mundo de libros en la tienda que regenta Alejandra que tras el mostrador indica y sabe. A su espalda una sugerente cafetera. Entramos en la librería Berbiriana, que abrió hace siete años para poder ejercer la maternidad, porque su anterior trabajo no era compatible con la vida. Cosas más comunes de lo que parecen. Hicimos un recorrido por letras gallegas y también por algunas novedades que quiso comentar. Rastreó junto a los chicos el catálogo amplísimo de literatura infantil y juvenil que tiene. Hay libros en el suelo, en cajas, en estanterías, en sillas y en mesas; en un dulce desorden que hace de una tienda una atracción con la que puedes recorrer parte del mundo sin salir de una calle con nombre de santo en la zona vieja de una ciudad atlántica.

Dice y destaca que vende más libros desde la pandemia pero no porque sean ágiles con la web -esto casi lo disfruta con cada palabra pronunciada-, sino porque la gente lee más. Y porque el Ayuntamiento de la ciudad y el Gobierno gallego, dice, ha puesto en marcha bonos que da acceso a las personas a libros. A letras. A palabras. A historias. A mundos. A más formas de victorias que la militar.

Podríamos detenernos en la Praza de María Pita o en su Casa Museo; en la Casa Museo Emilia Pardo Bazán o en la praciña de Santa Bárbara pero a veces la lluvia y otras veces el tiempo hacen incompatible los deseos con la vida, así que fluyendo nos montamos en la guagua que nos condujo a la Torre de Hércules.

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Antes que nada: a la entrada hay un kiosko que regenta una amable mujer. Si no tienes paraguas, es el momento: 5 euros y monocromáticos. Parecen robustos.

Antes de que prematuramente cayera el sol como cae en el mar del olvido durante las tardes de diciembre poco después de las cinco de la tarde y viendo como venía esa lluvia que iba a dejar de ser fina por la Ría de Coruña, inundando ya la vista del horizonte, disfrutamos de la visita a la Torre de Hércules y sus alrededores. Se trata del primer y más antiguo faro romano en funcionamiento y data del siglo I. Y uno se impresiona con el faro, un poco, pero sobre todo con las vistas a un mar que vio salir a tanta gente, que se tragó a tanta gente y que dio de comer a tanta gente. Y que todos estos verbos se pueden conjugar en presente. Y mientras creemos que el monumento está en tierra, y lo está, tanto el faro como la propia ciudad que una sociedad ha sido capaz de levantar, acabamos el día pensando que el monumento está ahí, ese inmenso mar que se abre al Océano que todo lo baña cuando uno arriba a Coruña, como hemos hecho en esta ocasión.

Por cierto, llegamos directos desde Gran Canaria con la línea que Binter acaba de inaugurar. Puntual, sin escalas y desde las Islas hasta esta tierra que tiene algo de hermana. Quizá sea el sabor a Atlántico.

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