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Ocho Pies en La Palma: ¿Por qué el mar tiene sal? (III)

De Garafía a Fuencaliente.

El 1 de enero de 2021 como si a modo de deseo quisiéramos escribir un prefacio de lo que queremos para el año sobre el que ya galopamos, decidimos recorrer el mundo entero, el mundo, al menos, que teníamos al alcance de la mano aquél día que empezó con una simple tostada en una casa prestada tras un «feliz año nuevo, cariño».

Ellos jugaban a construir sus primeras historias del día entrando y saliendo de las habitaciones laberínticas mientras preparábamos la excursión. Salíamos desde Garafía con la intención de estar lo más cerca del cielo que pudiéramos y por el camino nos encontramos con un grupo de chicos senegaleses que llegaron a La Palma hace cuatro meses. La ropa tendida, el tiempo pasando y los chicos sonriendo, agradecidos a la espera de saber qué es lo que buscan saboreando lo que tienen. Preguntamos por el camino más corto al Roque de los Muchachos y como no hay más que uno, por allí fuimos.

Las aparentes piedras que dan nombre al lugar tan solo invitan a pasar a su espalda y descubrirse ante un accidente geográfico descomunal que entierra sus raíces en las profundidades y se levanta bruscamente hacia la eternidad. Las nubes se mecen en su interior como la pócima de la eterna juventud.

Desde las alturas decidimos bajar al mar y pisar la tierra más joven de la isla y lo hicimos atravesando el Parque Natural de las Nieves no sin dejarnos impresionar por el ambiente científico y con rasgos de plató cinematográfico de ciencia ficción que deja la suerte de parque científico con el que mirar al cielo para saber lo pequeño que somos. No deja de sorprenderme, disculpen mi ignorancia científica, que busquemos soluciones en el espacio y no ofrezcamos oportunidades en la tierra.

De los 15 grados de la cumbre atravesamos los cuatro grados y el frescor de un Parque Natural que es un monumento y comparte isla con la Caldera de Taburiente. Es una brutalidad: El Parque Natural de las Nieves colinda en su parte occidental con el Parque Nacional de la Caldera de Taburiente. Y dentro de él se encuentran Los Tilos, Reserva de la Biosfera. En la isla hay más de 1.000 kilómetros de senderos señalizados. En la próxima visita a La Palma (estamos planeando algo colectivo) nos adentraremos en esos mundos. Y los mostraremos.

Nuestra ruta del cielo al mar seguía hacia Fuencaliente y allí llegamos. Recomendado reponer fuerzas en la Panadería-Pastelería Zulay, abierta desde 1938 o el Bar La Parada, que da nombre al momento. Nos asomamos al Volcán de San Antonio, que desde la cresta se deja caer hasta el fondo de su cráter. Este año se cumplen 50 años de la erupción del volcán Teneguía. La lava que expulsó se ha convertido en la tierra más joven que pisar en Canarias. Y en aquella tierra negra, al brillar de las salinas que dejan entrever la sangre blanca del agua de mar, con el sol cayéndose de frente, con El Hierro y La Gomera a la vista, uno de nuestros hijos me interrumpió ante tanto embelese para devolverme a la vida con una pregunta tan sencilla como compleja: «¿Por qué el mar tiene sal?». Lo miré con los ojos como platos, vi que su hermano también esperaba una respuesta, suspiré y vi venir a su madre y la respuesta se puso ante mi: «Mira, Mar, que es como se llama tu madre, trae unos plátanos verdes fritos. Y fíjate plátano es esdrújula», le dije. «Plátano tiene 7 letras», me dijo. Más tarde le diría que no sé porque el mar tiene sal, que juntos encontraríamos una respuesta.

A la vuelta cenamos en los Llanos de Aridane que tras pasear por algunos pueblos de tres Islas en época navideña, algo a lo que hemos de admitir que hemos encontrado un gusto que ruboriza pero disfrutamos, estaba impecable. Pasamos de noche por el barranco de las Angustias al que regresaremos al día siguiente no sin antes conocer la historia de Barbarroja, aquel personaje misterioso que dio forma a una fiesta y nombre a un parque infantil que se disfruta en Tijarafe.

Ocho Pies en La Palma: De Puntallana a Garafía

Ocho Pies en La Palma: A sus pies majestad

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Ocho Pies en La Palma: De Puntallana a Garafía por Las Mimbreras (II)

Nos vamos a Garafía.

Salimos hacia el norte y en Puntallana la carretera pasa por el Puente del Granel, que a su izquierda deja el Parque de los Siete Ojos, un merendero con playground estupendo para estar un rato. Después, en Tierra Fuente, podrás encontrar la tienda de Fundación Isonorte, que desde 1993 trabaja contra la exclusión social e intentando tener un impacto positivo en la sociedad. Un proyecto que te invitamos a conocer.

Una de las vías para llegar a Garafía está cerrada por un derrumbe en la carretera y la única opción para llegar a Santo Domingo desde Barlovento es la carretera de Las Mimbreras. Nos lo explica una vecina mayor, con pañuelo negro, bastón, perro y abrigada hasta las cejas. El acento baila entre La Palma y Galicia. Nos dice que está la posibilidad de ir cerca del mar o por el monte. Nosotros, sin saber del derrumbe, decimos que la del monte y ella, que nos invita a café, dice que también, que es la que más le gusta: la carretera de Las Mimbreras.

Los túneles antiguos, las estrecheces de la vía y la explosión paisajística de la Laurisilva hacen de ella un viaje en el tiempo, abriéndose imponentes castillos vegetales que observas hasta tener que elevar la mirada para alcanzar su final que se levanta decenas de metros más arriba. Una mezcla de verde, marrón y azul en los días despejados imposibles de combinar con mayor fiereza y belleza. Un paisaje brusco, abrupto y delicado a la vez. Una pintura viva. La vegetación convive en perfecta sinfonía y avisa del aislamiento que ha tenido que vivir la zona norte de la isla de La Palma hasta que las comunicaciones han ido mejorando.

Una vez atravesada, en Santo Domingo, Garafía, nos han acogido estos días la buena gente de La Osa Polar, asociación creadora y transformadora. Tejedora de redes e impulsoras, entre otras muchas cosas, del Festival del Monte, que este año no se ha podido realizar como estaba previsto, pero que ofrecerá su programación de forma online. Ojalá larga vida a este festival hecho por manos y cabezas de gente generosa y comunitaria.

Garafía guarda una forma de vida ajena a lo común en Canarias. Merece la pena contemplarlo y ser consciente. San Antonio del Monte, el Puerto de Santo Domingo o La Zarza son lugares para comprobarlo, observando el devenir del camino y sus habitantes. En este pueblo del noroeste de La Palma que sube hasta el Roque de Los Muchachos, en Las Tricias encontramos una plaza en la que está el Camú Camú, un remanso gastronómico para disfrutar de la tranquilidad bien alimentada, con producto local, exquisito y una atención inmejorable. Aquí, accidentalmente (nos quedamos sin gas), cenamos por última vez en 2020.

Antes, su último atardecer, lo disfrutamos en el Puerto de Puntagorda, un antiguo embarcadero que alberga también cuevas y una piscina natural. Allí, uno de los puntos más occidentales de Canarias ve caer el sol por última vez en el archipiélago.

Ver:

Ocho Pies en La Palma: A sus pies majestad (I)

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Ocho Pies en La Gomera: Historias que te conté a lomos de una tortuga verde

Este, desde donde te cuento esta historia y desde donde mamá fotografía los momentos, es el lugar más alto de Canarias: el Teide. Escucha: se oyen voces desde distintos lugares del mundo que vienen hasta aquí, hasta tu tierra para observar nuestro entorno natural, nuestro paisaje, nuestro corazón. A veces con su ruido y nuestro silencio no lo escuchan. Hemos llegado hace solo unas horas a Tenerife en una escala hacia un rincón al oeste de La Gomera donde, en el Charco del Conde, deberemos desenterrar un tesoro inolvidable.

Desde el Teide a Los Cristianos se cae como la seda por la TF21, con los ojos abiertos y esperando que aparezca, a lo lejos, sobre la bruma y bajo un manto de nubes en su cabellera, La Gomera, arcón de naturaleza inesperada, leyendas empedradas y sitio de tu recreo otoñal. Allí serás pirata, explorador, buceador o artista. Allí pisarás arena, barro, piedras. Olerás el inolvidable aroma de la abundancia de belleza. Te colgarás del asombro cuando los árboles atraviesen tu camino, cuando la naturaleza te engulla en su devenir cotidiano.

Desde el barco podrás ver los delfines de los que te hablé, saltando con dulzura, sincronizados. Y quizá me preguntes: ¿El barco no mata a los delfines? Y yo te responderé que sí, que es posible. Y tú me preguntarás: ¿Y por qué venimos en un barco que puede matar delfines? Y yo no sabré qué decirte.

Al llegar, en San Sebastián, te intentaré contar la historia de una torre de un conde que sometió a un pueblo que se rebeló con orgullo pero sin éxito completo y correrás por un prado hasta subir por unas escaleras de madera hasta un altillo desde donde gritarás que si allí vivía un pirata y por qué no abría la puerta. Veremos un parque infantil cerrado, un parque que habrías trotado. Nos preguntaremos, esta vez juntos, por qué las múltiples terrazas que lo rodean están abiertas y con decenas de personas tomando su alegre desayuno y charlando mientras el parque está cerrado. Y cualquier respuesta evidenciará lo ilógico de una medida trasnochada y poco esforzada.

La historia de Petra y Pedro, amantes que fueron bañados por la lava de un volcán y se quedaron de piedra a escasos metros, mirándose, pero no pudiéndose besar. La historia de Gara y Jonay y el trozo de cedro que les atravesó para bautizar al tesoro natural más hermoso que he sentido. La historia de Hautacuperche bajo su gigante figura. Las historias inventadas de piratas que aparecían en Playa del Inglés cuando el sol se ponía y también las historias reales de las personas que se subían en barcos como el Telémaco, que pasó por aquí, por Valle Gran Rey, porque en Canarias no se podía vivir.

Historias de bancales en los que se cultivaban y a los que miras con asombro o historias de palmeras que dan dátiles y de los que se hace la miel de palma que saboreas junto al queso asado. Historias de potajes de la tierra, con queso del país.

Allí, junto a aquel árbol del que salía un chorro de agua que te refrescó, recuerdo que no hizo falta que te contara una historia. Te bastó con quitarte la camiseta y empezar a correr y disfrutar, juguetear con amables pájaros que compartieron su espontaneidad y sentir que la vida se contagia. El camino hasta la ermita de Lourdes por el Arroyo de El Cedro y la bajada al salto de agua (cuidado con el desnivel) es un paseo inolvidable, a través del cual conocimos la historia de Florence M. Stephen Parry (sobre la que volveremos en algún momento) y de Domingo Medina y las tortas de raíces de helecho.

Allí donde viste una planta crecer en una vasija, verodes colgar de la cisterna y calderos viejos de los que salían plantas aromáticas es el Restaurante El Telémaco, en Hermigua. Su terraza hace cómodo el descanso. Su comida, sana el paladar. La ensalada tropical entre guayaberas y plataneras, un potaje de verduras con sabor a abuela que hace abrir los ojos y otras emociones son una buena opción.

A unos kilómetros, El Pescante, que salvó a tanta gente de la miseria y que permitió la exportación de fruta y verdura cuando no había carreteras o no suponían una posibilidad para poder sacar al mundo lo que aquella tierra daba.

El mirador de Abrante, en Agulo, es un complemento a la red de miradores que acompaña el camino y que podemos ir disfrutando. A nosotros nos gustó el Mirador de Alojera, el Mirador del Queso y también el de Los Roques, pero seguro que tiene que ver más con los momentos que con una opinión objetiva.

En nuestro caso elegimos Valle Gran Rey como campamento base y salteábamos paseos y descubrir el pueblo con escapadas al Garajonay y al resto de la Isla. Baños en Playa de Calera, Playa del Vueltas o en la icónica Playa del Inglés, un paseo por la calle El Caidero, con su colorida escalera y las casas de arte; una cena en La Salsa o a base de pescado fresco en los restaurantes próximos de la plaza del Carmen; un paseo por las calles empedradas de Valle Gran Rey, curioseando por sus comercios y aristas con profunda huella de personas llegadas desde diferentes lugares del mundo que escogieron esta pequeña localidad escondida de Canarias para vivir. Y claro, como siempre, nos quedaron muchos lugares que visitar. Pero priorizamos hacerlo con la calma de un viaje pensado para descansar, sin exigencias y con la certeza de que volveremos.

PD: En Valle Gran Rey no dejen de comer, si pueden, en un Restaurante Italiano que se llama La Islita. Palabra.

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Ocho Pies en Lanzarote: un paseo por el Sur y Malabharía

Es un placer recorrer las carreteras del interior de Lanzarote, allá donde a José Saramago le dirían que el pescado mejor en la costa, aunque la costa bañe de forma imponente el interior, indentitario, cuidado, bello en el esplendor del blanco y la altura necesaria de las casas sobre el negro salpicado que decora ese marco tan fresco para soñadores.

Para llegar hasta El Golfo atravesamos la Geria por puro placer. Indómita y generosa, negra por naturaleza brutal. Y en El Golfo con la misma facilidad que nos sentamos en una terraza soñando con unas cañas y unas gambas, nos levantamos cuando vimos la carta y sus precios. Es para otros públicos. En Los Hervideros recordamos que fuimos masa. Cuando tuvimos que hacer la tercera cola decidimos irnos, tampoco era el lugar adecuado. No sé si algún día lo será. Ahí nos fuimos con contradicciones y preguntándonos qué parte somos.

Llegamos a Femés con banda sonora de Mararía. Bajo la Atalaya de Femés encontramos el Restaurante Casa Emiliano para pedir un buen potaje de Lentejas y otras viandas. Qué rudeza en la belleza de Femés y qué inspiradora es tierra quemada. A la salida, un rato de juego sobre el picón mirando a Playa Blanca y Montaña Roja, temiendo por las vistas. Fotografiando para el recuerdo.

Hicimos la digestión en Playa de Papagayo, con el segundo baño en la marea del año, cifra no desdeñable para ser 3 de enero. Allí, en la falda y extremo popular de Los Ajaches, escoltados por la bella Playa de las Mujeres, la Playa del Pozo y la Caleta del Congrio. Con ropa y sin ella antes de plegar velas rumbo al norte, nos esperaba el espectáculo inaugural del Malabharía.

Advertidos por una seria funcionaria: “Estese aquí a las nueve o no tendrá entrada, solo quedan pases para el jueves”, el amanecer lo vimos en Haría, cuando la luz sale y pone fuego a las palmeras para iluminar el despertar de una población de 800 habitantes. En el Bar de Quino, en la esquina de la plaza, las conversaciones mañaneras giran en torno a convenios, a podas, a animales y otros asuntos cotidianos. “El edificio de los bordes grises es el Ayuntamiento”, me dijo la amable camarera.

Nos volvió a advertir la seria funcionaria cuya voz reconocí: “Lleguen a las 19.30h, aunque empieza una hora después, es lo mejor para coger sitio. No son numeradas”. Aunque nos sonó algo exagerada, cumplimos, y había allí una fila de personas desafiando el atardecer de diciembre en Haría haciendo cola para un espectáculo de circo. Y aquí es hora de decirlo: el espectáculo fue Myres, de Circo Grop. Un espectáculo que nos atrapó desde el primer momento y que se propone tirar del hilo, de los hilos, de tus hilos como espectador/a. Desde la primera fila, la danza, acrobacias y la estética nos cautivó. Y de repente se esfumó y con el fin, el día, que se apagó entre las palmeras anochecidas y el cielo estrellado de Haría, tanto desde el monte como desde la playa. Era hora de dormir. Mañana será otro día.



Intérpretes: Libby Halliday, Fifi Rosenblat, Nina Savidi, Moran Shoval
Idea Original y Dirección: Stefano Fabris
Composición Musical: Nacho Peña

Ocho Pies en Lanzarote: un paseo por el Norte

Ocho Pies en Lanzarote: Parque Nacional de Timanfaya

Otros viajes: Holanda

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Ocho Pies en Lanzarote: un paseo por el Norte

El 1 de enero amaneció despejado. Las tuneras seguían en el mismo lugar que el día anterior. Sería prodigioso que no lo estuvieran aunque hubiésemos cambiado de año. Después de desayunar, con la nevera llena (tomate, uvas, manzana, pera, pasta…), marchamos en busca de una playa al norte de la Isla. Lanzarote se va mostrando delicada y abrupta, como un oximorón en sí. Con las montañas peinadas por el viento, el agua azotada por el viento, los pelos al vuelo por el viento, los molinos en movimiento por el viento.

El Malpaís de la Corona es un capricho geológico por el que pasear es un lujo. Cuántas formas inexactas, imperfectas, maravillosas, negras, quemadas que de repente desemboca en caletones de arena blanca y fina encontrando el contraste necesario. En el Caletón Blanco, donde hasta los noruegos iban con pantalón largo y chaqueta, nos bajamos en cholas y bermudas con ánimo de agua salada para empezar el año.

El Caletón Blanco está cerca de Órzola, a un par de minutos.
Los animales formando.

Tras unas cuantas carreras, saltos por los charcos y chapoteo, los corrales de piedras se erigen como refugio para jugar, comer y observar como las playas han cambiado su uso desde la llegada de las redes sociales. Más que cambiado, probablemente, intensificado: vimos un desfile de gente que llegaba al agua y posaba, con sonrisa forzada, para la foto de turno. Y marchaban. Y así, uno, dos, tres, cuatro, cinco y perdimos la cuenta. Mientras, las cebras y el león habían conquistado el territorio del tigre y todos juntos desfilaban hacia otro país. O eso decían. El Caletón blanco, aunque ventoso, es un lugar idóneo para un día de playa familiar. Calculamos marea baja para tener más playa.

Mirando el Río

Para coger un poco de resuello y calmar las cabelleras subimos hasta el Mirador del Río en busca de un café. Aún tenemos la boca abierta. No es el paisaje ni la construcción que permite su vista, sino la combinación de ambos. Lo que Manrique llamaba el arte total. Qué locura de lugar. Supongo que si han estado no cabe palabra alguna más que podamos aportar. Si no han estado, busquen un hueco en algún momento. De ahí, bajamos por Ye a Jameos del Agua para seguir alucinando. Allí, recordaré siempre, los niños enterraron a Spiderman, metafóricamente, bajo piedritas y solo dejaron sus botas a la vista, para que «se le viera un poco». Era fundamental.

No tengo ni quiero palabras para describir lo que genera en mi la obra de César Manrique. Prefiero quedármelo como una emoción no contenida, inspiradora, soñadora y absolutamente genial.

Una ruta por la costa Norte de la isla, de vuelta a Mala, donde pernoctamos, pedía una parada en zona de juegos y en la playa de La Garita encontramos una, con chiringuito cercano para acompañar la circunstancia con una cerveza que ayudara a bajar el atracón de arte y naturaleza observado. Allí los niños se encontraron con Frozen, que los convirtió en hielo. Corrieron y saltaron por toboganes y también por un skate park que ampliaba las opciones. Finalmente, rumbo a casa, échense una parada en la PCAN de Arrieta. A medio camino entre tienda de víveres y ferretería, este comercio debería contar como atracción turística: tiene más género que algunos supermercados, productos variopintos y una contable en la puerta con una calculadora antiquísima. Lo cierto es que resolvió todo lo que necesitábamos. Mañana es otro día.

Ocho Pies en Lanzarote: Parque Nacional de Timanfaya

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Ocho Pies en Lanzarote: Parque Nacional de Timanfaya

Nicolás dice que lo parieron en las patas de los camellos y como no quiso estudiar, su papá lo empujó a ejercer de camellero a los 16 años. Hoy, 30 años después, nos acompañó en un paseo a lomos de Conguito, abuelo de Grasi y nieto de Caretto, que también nos acompañaron volcán arriba y después volcán abajo. Willy, blanco y enterado, venía detrás metiendo el hocico en la escena familiar con la que despedimos 2019 en el Parque Nacional de Timanfaya, una parada obligatoria para entender si se visita la isla de Lanzarote.

  • En el Centro de Visitantes e Interpretación (Tinguatón, Tinajo) -recuerden que no se puede hacer picnic en su patio-mirador aunque haya un atractivo rinconcito en el que da el sol de diciembre- dimos un paseo y recopilamos la información necesaria. En la planta baja hay una recreación del sonido del volcán y una explicación breve de cómo impactó la vulcanología en la isla y su posterior desarrollo. Dura 5 minutos y para niños-as de más de tres años puede ser adecuada. Además del sonido del volcán, hay una recreación de la lava bajando por las laderas de las montañas, sucedáneo de humo y todo en un entorno mágico, de piedras y rocas negras. No tengo la información suficiente sobre la obra arquitectónica, pero sí se que se muestra sigilosa, integrada y que desde el interior parece que la misma forma parte del paisaje. En el exterior supimos que estaba allí, además de por la señalética que no es excesiva, por los coches aparcados.
  • Saliendo desde el Centro de Visitantes hacia Yaiza, a cuatro kilómetros encontrarán la entrada a la ruta de los volcanes. Si llevan dinero en efectivo, estupendo, y si no, tendrán que buscar el cajero más próximo porque no tienen datáfono. A siete kilómetros está el pueblito de Yaiza y ahí hay dos cajeros, uno de ATM y otro de Bankia. «Vayan rápido que aquí todo desaparece pronto», nos dijo un Guardia Civil al que preguntamos con voz apocalíptica. Cerca del cajero está el Centro de Artesanía Antigua Escuela de Yaiza, que si van sin prisa puede ser un fantástico lugar para estirar piernas, tomar algo y seguir adelante. Para entrar en los Centros de Arte, Turismo y Cultura de Lanzarote hay que pagar. Menores de siete años no y los residentes canarios-as o de Lanzarote tienen una tarificación especial. Hay posibilidad de bonos. Las tarifas las encontrarás en la web de CATC. Volviendo a la ruta de los volcanes, si vas en vehículo privado puedes avanzar dos kilómetros más hasta el islote de Hilario. La aulaga que arde en la roca y los famosos géiseres, tubos que se introducen tres metros en la tierra por los que sale el vapor escupido con virulencia poco después de caer el agua, son momentos interesantes para ver y a los niños les impresionó. Luego, un paseo en guagua de una media hora por el paisaje lunar, casi inalterado. Eché de menos poder escuchar su silencio que imaginé ensordecedor. Escuchar su viento. Oír su sonido. Desde la guagua se articulaban paradas en determinados lugares. Los guiris, atormentados, se apretaban contras las ventanas para sacar la misma fotografía. Me pregunté qué harían con tantas fotos del mismo lugar tomadas con teléfonos móviles. El audio no es el mejor, pero sirve para entender algunas de las escenas y el cura de Yaiza en el momento de las erupciones sería trending topic por sus escritos. Es lo que tiene ser un testigo de excepción.
  • En el echadero de camellos (aunque son dromedarios) encontramos a Nicolás, del que ya le hemos contado su historia. Con cachorro, gafas de sol y atuendo típico, nos acompañó en el extravagante caminar de Conguito, calmando a las que desde la loma del animal preguntaban por la normalidad de tan extraño andar. Nosotras, que íbamos con algunas contradicciones, nos quedamos más tranquilos cuando nos dijeron que son animales de carga. Los niños estaban contentos, viendo volcanes desde lo alto de un dromedario. Sus dudas, claro, eran objetivas: qué comían, cuántos años tenían, si tenían mamá, si no se cansaban, dónde dormían, que si cagaban en el suelo, por qué cagaban en el suelo, que qué extraña era su caca y otro tipo de preguntas inquietantes sobre el pelo, las patas, la cabeza y también sobre Nicolás, que nos acompañaba y calmaba, sobre todo cuesta abajo cuando Conguito más que caminar bailaba.
  • A la vuelta, nosotros volvemos al norte, una parada para helado/dulce/agua/cerveza en la Pastelería Panadería Los Dolores de La Santa puede ser un plan para aterrizar el atardecer. Al lado hay un parque infantil gustoso para los últimos juegos, subirse a un barco o lanzarse por el tobogán.

PD: No olviden llevar abrigo para subir a la villa de Teguise y vivir las campanadas bailando Sopa de Caracol. Ya saben cual es la contraseña: Watanegui consup.

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Ocho Pies en Holanda y Bélgica: 7. Paseo en barco y Amsterdam Bos

A los chicos durante el viaje les preguntamos qué quieren hacer, qué les apetece. Les explicamos las alternativas que conocemos y escuchamos lo que les llama la atención o expresan. Y desde el primer día, montar en barco estuvo entre sus prioridades. Será que venimos de Islas y que en alguno han montado. En un barco, de hecho, vieron su primera y alucinante película, Vaiana. Un ARMAS entre Fuerteventura y Gran Canaria donde descubrieron la televisión.

Paseo en barco por los canales de Ámsterdam

El caso es que siendo así, el último día y dado que teníamos que volver a Amsterdam de forma breve para una gestión con la empresa de alquiler de bicicletas, decidimos montar en barco y hacer un tour por los canales de la maravillosa capital de Holanda. No hay un tour menor de 1 hora por lo que la cosa no es sencilla si vas con gemelos de tres años y un barco lleno de personas con sus audioguías con cables. Pero bueno, podíamos intentarlo y si salía mal, pues ya lo sabíamos para otra ocasión. Y la cosa salió moderadamente bien, con comida, juegos, algunas canciones y escuchar un poco «al señor que nos está contando la historia» a través de unos cascos viejunos. Ellos no pagaron por ser menores de cuatro años y no nos exigieron que no ocuparan un asiento. Para papá y mamá fue una forma de ver Amsterdam de otra manera y de alternarnos en la escucha de algunas historias de la ciudad. Para los niños fue una experiencia que ellos escogieron y a su manera disfrutaron. Para la pareja holandesa llegados desde el interior del país no fue el paseo romántico que quizás esperaban, pero tampoco sufrieron en exceso. En Tour & Tickets puedes encontrar toda la información. Si piensas hacer otras visitas o actividades que requieran entrada, consulta descuentos con las tarjetas existentes para las personas que visitan la ciudad.

Amsterdam Bos

La antelación a la hora de reservar es fundamental para poder elegir los lugares que quieres visitar. Nosotros no pudimos escoger el alojamiento que buscábamos en Amstelveen, al lado de Amsterdam Bos, nos quedamos con las ganas, y por esto escogimos Haarlem como base de operaciones para los últimos días en el país. Aún así, no queríamos dejar de visitar el bosque de Amsterdam, un espacio verde inmenso al que le dedicamos medio día y en el que disfrutamos de un paseo en bicicleta que recordaremos siempre.

Unos helados en el césped frente al lago, juegos corriendo y saltando. Eso sí, no pudimos disfrutar de la zona de playground, porque, al parecer cuentan que existía una oruga que había ocupado buena parte de las zonas consideradas para niños. Igualmente, el parque en toda su extensión es un maravilloso laboratorio de experimentación. En la entrada hay un interesante centro de interpretación que merece la pena visitar, tiene juegos y ofrece otras experiencias.

Justo frente al Centro de Interpretación está Amsterdamse Bos Fietsverhuur, donde ojo, esto es importante, no pueden dejar de ir por varias razones: 1) tiene un arsenal de dinosaurios y otro tipo de especies animales que gustan mucho para jugar 2) hacen un capuccino delicioso 3) el hummus hay que probarlo 4) tiene unas hamacas dignas que miramos con envidia 5) alquilan bicicletas y tándem a precios razonables y 6) Stephanie, su responsable, es madre de gemelas de 27 años (ahí es nada) y veranea en Gran Canaria durante el invierno. Quedamos en vernos en Ocho Pies. Y aquí nos veremos.

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Ocho Pies en Holanda y Bélgica: 6. Biblioteca de Amsterdam, paseo en bici y Vondelpark

Amsterdam es una ciudad torcida, una ciudad diseñada. Desde el principio, con un objetivo. No es la mejor ciudad para perderse un día con dos niños/as de tres años. Pero bueno, claro que hay opciones que se pueden intentar.

El primer movimiento lo hicimos de un golpe: aparcar en el Parking Garaje Centrum Oosterdok (unas 10 horas fueron 20 euros). Leyendo algunos comentarios de usuarios lo situaban en un nivel económico decente, el máximo por todo el día es 30 euros. Además, está ubicado entre la OBA (Biblioteca Pública) y el museo NEMO (le debemos otra visita a Holanda y Nemo estará presente), por lo que si vas en familia puede ser una buena ubicación de partida.

Así que una vez aparcados, el ascensor abre sus puertas y 10 metros a la derecha está la entrada a la biblioteca. Y a unos 100 metros, la tienda donde alquilaríamos las bicis. La cosa era facilitar la logística y desplazamientos que ya estábamos en los últimos días del viaje y lo íbamos notando.

OBA (Biblioteca Pública de Amsterdam)

El edificio, inaugurado en 2007, está en el denominado Cultur Plein. A la vera del afamado Conservatorio de la ciudad. La OBA tiene diez plantas y una de ellas, la -1, está dedicada a los niños/as. La denominaron Junior. Con una distribución que invita a perderse entre libros y rincones preparados para el disfrute de los más pequeños/as, la biblioteca de Amsterdam debe ser un paso obligado para las familias que quieran disfrutar de un rato en un espacio luminoso, lleno de literatura e imaginación, cuyo acceso es gratuito y que además tiene un extenso programa de actividades, especialmente en verano.

  • Para encontrar libros en inglés, español, alemán o cualquier otro idioma que no sea el Neerlandés, hay que solicitarlo a las personas que trabajan en la biblioteca. Los sacará perdidos de una estantería. Justo en español no encontró nada. Hemos desarrollado un exquisito gusto para interpretar y traducir/inventar instantáneamente libros en neerlandés.
  • Por poner un pero: estaría bien (y esto pasa en otras bibliotecas también cercanas) que la persona que da la información en la entrada no fuera personal de seguridad, con su porra y todo. Por decoro, aunque sea.
  • El espacio es espectacular. Se puede disfrutar de todos los rincones, casa de ratones, espiral con azotea, grandes sillones, espacios para lectura y juego.
  • Sorprende la poca presencia de materiales alternativos a los libros que sí suele haber en otras bibliotecas, como puzzles de madera y otros materiales didácticos.
  • En la planta siete hay una cafetería/restaurante/mesas para comer lo que llevábamos de casa con vistas a la ciudad que merece mucho la pena no dejar de ver.
  • Disfruten de una de las mayores bibliotecas de Europa, nada menos.

Paseo en bici hasta Vondelpark

Entre las opciones posibles escogimos tomar una bici-tandem cerca de la estación central e ir hasta Vondelpark y pasear por el parque. Quizás hubiese sido mejor alquilar por horas cerca del propio parque (hay varias compañías disponibles en las inmediaciones) y llegar a él en tranvía. Pero no fue lo que hicimos.

Así que allá fuimos con los niños partidos de la risa y flipando con todo lo que iban viendo de frente. Entre una cosa y otra llegamos al Museo Plein, el jardín que está en medio de la zona museística más importante de la ciudad, justo al lado del Museo de Van Gogh. Nos quedamos con las ganas pero seguimos hacia Vondelpark que se acercaba peligrosamente la hora de la comida y no lo teníamos muy claro.

  • Cualquier rincón de este parque invita a jugar. Zonas verdes como estas en medio de la ciudad invitan a la reflexión de cuál es nuestro lugar.
  • El parque tiene algunos rincones especialmente interesante para los niños/as como el Von del Tuin, que tiene una pequeña biblioteca de libros libres y un parque con tremendo arenero rodeado de árboles.
  • Si vas desde Estación Central calcula un colchón importante de tiempo entre la salida y la llegada, porque hay un trecho. Especialmente, si tus hijos son aficionados a la siesta y pase lo que pase, aunque vayan en tandem, se van a querer dormir a la vuelta porque no la perdonan, aunque sean las seis de la tarde.

Y así fue, que a la vuelta, en esa hora en la que los niños desaparecen de la ciudad, cuando más bonita se pone, a las seis de la tarde, nos disponíamos a volver hacia el parking para iniciar la operación regreso. Y claro: cabezazos en el tándem y los niños que se quedaban dormidos en bicicleta. No era nada seguro. Así que «paramos en la primera cafetería que veamos» y ahí en la esquina apareció un bar que no parecía gran cosa; aparcamos las bicis y entramos al bar con dos mochilas, dos niños cogidos en brazos y dos mantas que los tapaban, que empezaba a refrescar. Y así nos sentamos en la única mesa libre, en el centro de aquel bar sin prestar atención a lo que nos rodeaba. Allí estábamos en un restaurante de gente local, con el personal vestido tirando hacia la etiqueta y nosotros con dos niños dormidos en brazos y en marcha desde las siete de la mañana. La carta, solo en holandés. Señalé un plato y apareció por allí una especie de solomillo a la pimienta que estaba espectacular y unas papas en un plato separado con un cuenquito con mayonesa. Nos las comimos con la mano que teníamos libre como si estuviéramos en el piscolabis del barrio. Y lo cierto es que nos supo, lo más cercano a una cena romántica que podíamos tener en circunstancias semejantes. Tuvimos la idea de acostar a los niños en el tándem y avanzar. Gran idea. Pero justo cuando íbamos a arrancar se despertaron y volvimos al restaurante para pedir otro impronunciable plato igual, pero ya dos señoras llegadas de 1960 habían ocupado la mesa.

El paseo final, todos con la barriga llena, fue al atardecer por el centro de la ciudad, recorriendo algunas de sus calles más populares, disfrutando del brillo de sus canales, de sus calles torcidas, de sus miradas perdidas, de sus olores intensos, de su turismo del que es difícil disfrutar. A una ciudad a la que los canales no la han ahogado, que no la ahogue el turismo, que sí, da vida, pero sí, también roba el alma.

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Ocho Pies en Holanda y Bélgica: 5. Leiden y Haarlem

En un viaje en familia de casi dos semanas (en nuestro caso con gemelos de tres años) claro que hay días en los que las cosas no salen bien o como las habías imaginado. Esos días están. Y al final de ellos es recomendable quedarse con las cosas buenas que han pasado, que no han sido pocas.

Los días de traslados largos y nuevas estancias para dormir son propensos, además, a que esto ocurra. Al menos en nuestro caso. Una visita a Leiden es muy recomendable, es una joya inusual, una alegría para los sentidos. Y quedaba de camino. Quisimos aparcar en el centro pero el aparcamiento está reservado a residentes y de esto nos dimos cuenta cuando ya estaba todo el despliegue bajado del coche: carros, bolso, coche aparcado… Así que uno se fue a aparcar a un parking y otra se queda en el centro con dos niños de tres años, con manadas de bicicletas, canales a la vista y mil estímulos para explorar. Esto es como cuando en las películas en el momento de mayor incertidumbre los dos personajes deciden separarse a ver si cada uno resuelve. Todo esto sin teléfonos móviles y confiando en la capacidad de orientación y también, digamos, un poquito de suerte. Escapamos.

Leiden tiene unos paseos únicos. Aún así no fue mal del todo, pero en contención. Por ejemplo, en el momento fue caótico, pero ahora, horas después, resulta una escena cómica de la que seguro que se acordarán. La madre ve una tienda con vestidos tirados y con los que estaría guapísima. Y a ellos la tienda les resulta curiosa. Entran a la tienda a la velocidad de un rayo, se pierden, y de repente Piero tiene un sombrero puesto y Julen está probando todas las gafas de sol. Las dependientas se miran. Piero dice: “mira Julen”. Y a partir de ahí arman la fiesta y salen corriendo de la tienda riéndose, con lo que te ves a Mar frente al espejo y a Piero corriendo por una calle de Leiden con una pamela de mujer puesta, mientras Julen sigue con las gafas de sol.

Así, una tras otra, llegamos a la oficina de Turismo que para ser una ciudad como Leiden se queda poco vistosa. No saben español y con el inglés, regular. Nos muestra un parque en el mapa en el que podemos estar cómodos y tiene una cafetería. Haber ido al Naturalis Biodiversity Center podría haber estado bien, ver a sus amigos los dinosaurios desde otro punto de vista. No llegamos al Hortus Botanicus Leiden, un antiguo jardín botánico con cafetería. No pudo ser. Nos encontramos al final en un parque con un ajedrez gigante. Y allí sentados pedimos comida en un indonesio, que picaba un carajo, pero no las comimos. “Quiero noodles, zanahoria, el pollo pica” y bueno, ahí lo llevamos.

A unas cuadras, el Molen de Put, un molino con un parque con un barco de madera que tenía tobogán y algunas zonas de escalada. El molino data de 1600 y tú ni lo miras. Sobrevivimos. Y de camino al parking se duermen y nos vamos hasta Haarlem. Durante el viaje Mar está leyendo un libro sobre disciplina positiva y en el camino lee alguna frase en alto y lo cierto es que nos está viniendo bien para sobrellevar la intensidad.

En Haarlem, tras el checkin, damos un paseo hacia el centro de la ciudad, que tiene una inmensa plaza para correr y saltar. En un ratito había un concierto de órgano en la iglesia. Una frikada muy gorda, pero por probar. Y en tres minutos, le cogieron el helado a una mujer que pasaba por allí, le dieron dos golpes al señor que estaba tranquilamente mandando sus whatsapps y unas plantas fueron abonadas. Claro, porque al viaje se ha sumado que los dos han decidido dejar el pañal justo estos días. Divertidísimo.

Al final, concierto de órgano no y una pizza y una pasta, que es mano de santo por lo que les gusta hicieron posible una cena. Y un día así merecía un epílogo de festival en la habitación (más pequeña de lo que creíamos), con saltos, fiestas y risas y una liada tras otra. Que si la cortina, la litera, el baño, la luz y todo entre risas explosivas imparables. Los padres de gemelos saben que cuando semejante complicidad se alía…

Así que en definitiva lo que parecía haber sido un día intensamente jodido y de tensión, resulta que fue el despertar en el paraíso que un día soñaste para pasar unas vacaciones, comida indonesia en un parque de Leiden, cena italiana en el Markt de Haarlem y acostarse entre risas, fiestas y diversión. Así que, en definitiva, lo que pareció un mal día, no lo fue tanto. Ahora bien: en el procurar la felicidad para nuestros hijos, no olvidemos procurar la nuestra propia, que no siempre tiene por qué ser ni en el mismo momento ni coincidentes.

A dormir, que mañana nos metemos en la biblioteca de Amsterdam y lo haremos con una sonrisa de reto logrado. De sueño cumplido. Si llegamos, claro 🙂

Publicado en Bélgica y Holanda, Viajes

Ocho Pies en Holanda y Bélgica: 4. Isla de Goeree-Overflakkee y Middelburg

Teníamos muchas ganas de conocer Zeeland y la isla de Goeree-Overflakkee (Zuid Holland). Y nos hemos encontrado un lugar en el que disfrutar de diferentes actividades en familia con un paisaje singular.

Elegimos Smiling Budha, una casa en Atchuizen (al sur de Goeree-Overflakkee) con jardín, con un canal y todo lo necesario para estar como en casa. Además, Petra y Adrian acogen de maravilla prestándose a resolver lo necesario. Eso sí, en el pueblito, que tiene todo el encanto, apenas hay un bar y una estación de servicios, así que hay que venir con la compra hecha por el camino. En la capital Midelharnis o en Hellevoetsluis puedes encontrar lo necesario.

Desde aquí aprovechamos para recorrer la isla en la que estamos y también para ir a Middelburg, a la que le teníamos muchas ganas desde que sabíamos que íbamos a venir a Holanda.

La ingeniería ha hecho posible que existan estas tierras conquistadas al mar y se nota a cada paso. La relación con el agua es continua. Puentes con el mar del norte a ambos lados y, sobre todo, una tranquilidad ajena a la velocidad del continente. Da igual que sea lunes, jueves o domingo. Ritmo pausado con sabor a verano, que es lo que buscábamos.

Middelburg

  • Middelburg se presenta como una ciudad coqueta y amable para ir con los niños. Bastantes zonas ajardinadas, parques transitables, zonas peatonales y una estética poco habitual para nosotros que venimos del Atlántico.
  • En el mercado de segunda mano se pueden encontrar todo tipo de objetos. Merece la pena una visita. Además, ahí también está en el punto de información turística que tiene un componente de tienda y que ofrece productos de calidad.
  • Cerca, a unos minutos andando por zona peatonal está la Lange Lan, un inmenso torreón con más de 200 escalones. Para subir con los niños, regular (tienen tres años en el momento de este viaje), pero ofrece una vistas únicas de la ciudad.
  • La calle peatonal tiene tiendas curiosas para el que quiera comprar juguetes de madera, ropa o lo que quieran llevar.
  • En la vía ciclista que conduce a Domburg, en un parque, pueden encontrar un parque de juegos natural, se llama Hoogerzad.

Goeree-Overflakkee

  • La isla se recorre en unos 45 minutos de norte a sur. Nosotros nos quedamos en el sur. En Ouddorp, en el norte, encontramos algunas recomendaciones interesantes:
  • Flipjes, en Ouddorp, es un parque en el que se paga dos euros por persona. Y hay unas mesas y cafetería para tomar algo. El parque tiene variedad de juegos para los niños, que venían demandando acción después de la visita a Middelburg.
  • En Ouddorp también puedes encontrar Ziegenbaurnhof de mekkerstee, una granja-tienda con parque. A nosotros no nos va demasiado este tipo de lugares, pero al que le guste hay conejos, cabras, vacas, cerdos y otros animales, además de vender productos (como helados o queso) hechos con la leche de la granja. Ahí queda, por si les hace. Está al borde de la carretera, en la calle Hofdijksweg. En la web pueden ver algo más antes de ir.
  • Hay inmensas playas, siempre equipadas para niños y con accesos fáciles y cercanos. Es un gusto y un lujo poder veranear así. Fácil de aparcar si vas en coche.
  • Por último, y aunque no esté exactamente en Goeree-Overflakkee, si viajas con niños/as a Zeeland, una visita al Delta Park es una parada casi obligatoria. Echa un vistazo a la web.
  • Tanto Zeeland como Goeree-Overflakkee ofrecen múltiples y variadas opciones de alojamiento, desde campings, a recreatiparks, apartamentos, hoteles y si vienes en caravana también hay espacio habilitado para ello. Bucea un poco y busca un lugar adaptado a tu plan de viaje y familia.

3. Ocho Pies en Holada y Bélgica: De Haan y ‘Feest in’t Park’

2. Ocho Pies en Holanda y Bélgica: Brujas y Damme

1. Ocho Pies en Holanda y Bélgica: Rotterdam-Kaatsheuvel